martes 24 de agosto de 2010

EL NOVELISTA




EL NOVELISTA


Una noche mientras escribía mi tercera novela, me sentía poco inspirado y decidí tomar un descanso, ya eran las diez de la noche y en todo el día sólo conseguí completar unas pocas páginas tras borrar una y otra vez lo escrito. Bajé a la cocina y me preparé algo de comer, luego ordené todo para sentarme en el living a disfrutar de una película que compré hace varias semanas.

De pronto la luz se cortó sin explicación y mis planes para esa noche se arruinaron; llamé a la parcela vecina y tenían el mismo inconveniente.

—Al parecer es problema de la planta eléctrica —dijo mi vecino con mucha seguridad.

Bueno, qué se podía hacer, sólo resignación. Encendí una velas en el comedor y recorrí la casa cerrando las ventanas, alistando todo para subir a escuchar algo de música y después dormir.

Ya llevaba una media hora tendido en la cama escuchando música, cuando se encendió la luz de la habitación que mantenía prendida para saber cuando volviera, me acordé de la velas en el comedor y bajé a apagarlas, la luz comenzó a parpadear nuevamente y se volvió a apagar.

Por un momento pensé que podría retomar mis planes para esta noche; igual debía apagar las velas del comedor, así que bajé; en ese momento golpearon a la puerta de manera suave, casi sin fuerzas. Eso me estremeció, quién en esta oscuridad estaría afuera; me acerqué intranquilo preguntando quién era, qué necesitaba y la voz tímida de una niña me respondió.

—Me llamo Sandra, estoy perdida.

Abrí a medias la puerta sin quitar la cadena y vi su silueta entre las sombras.

—Soy Sandra y mi hermanito, estamos perdidos ¿Nos puedes ayudar?

No puedo negar que la situación me incomodó, pero no podía negarme a prestarle ayuda a estos niños; saqué la cadena, abrí la puerta y los hice entrar. La temperatura era baja y ambos iban con delgados abrigos que seguramente no cobijaban mucho. Los hice pasar a la cocina para prepararles algo caliente, tal vez una sopa. Ella tenía aproximadamente once años y el pequeño no más de cinco, ambos se veían bien vestidos, con sus zapatos llenos de lodo y un intenso olor a humedad emanaba de sus ropas poco comunes. Les pregunté de donde venían:

—De la ciudad —me dijo ella— fuimos a ver a mi abuelo, salimos a jugar y se cortó la luz, no encontramos el camino de vuelta y ahora que vimos la luz volver, corrimos hasta llegar a tu puerta.

—¿Cómo se llama tu abuelo? ¿Te acuerdas en cuál parcela vive?

—Se llama Alberto y vive al pie de un cerro, pero no recuerdo exactamente la ruta.

No conocía a ninguna persona con ese nombre, así que fui a llamar  mi vecino por teléfono, posiblemente él sabría quien era esa persona; él vivía aquí y yo únicamente me escapaba cuando necesitaba estar solo para escribir. El teléfono no tenía tono; esto se tornaba más incómodo pero no podía hacer otra cosa que alojarlos unas horas. Tomaron la sopa, pero sus pálidas caras no ganaban color, les ofrecí más y asintieron con la cabeza; mientras tomaban las últimas cucharadas del primer plato, el pequeño no hablaba nada, era muy tímido para su edad.

A esa altura eran cerca de las doce de la noche y la luz no volvía, ya habían acabo de comer y les dije que les traería una manta mientras se acomodaban en el sillón, esperanzado aún de que la luz volviera.

Cuando volví con las mantas quedé petrificado con la imagen frente a mí. Quienes estaban en el sillón ya no eran los pequeños, sino que dos jóvenes de unos quince años él y veinte ella, sus rasgos eran los mismos, pero evidentemente los años los delataban, la visión me dejó perplejo.

Me costó acercarme a ellos, con temor y sabiendo que todo esto era algo sobrenatural, sólo me limité a preguntarles si estaban bien. Ellos asintieron con la cabeza; mi corazón latía muy aceleradamente y con mucho temblor me acerqué mientras ellos permanecían sentados. Ese olor a humedad se volvió más intenso, como el de agua estancada y el lodo inicialmente en sus zapatos les llegaba hasta sus rodillas.

No podía pensar con claridad, sólo intentaba no evidenciar el pánico que me envolvía, por mi mente pasaban miles de pensamientos y no tenía claridad de nada. La escena era espantosa; qué podía hacer, sólo fingir que todo era natural. Les pasé las mantas y me acomodé en el sillón frente a ellos, estaba decidido a no quitarles los ojos de encima aunque tuviera que pasar la noche ahí. Ella se sentó al borde y él se estiró horizontalmente en sus piernas.

Simplemente permanecimos en silencio; las velas del comedor y de la mesa de centro entre nosotros, era lo único que me mantenía alerta, sin cerrar los ojos; mientras ellos lentamente comenzaron a dormirse, hasta caer en un sueño profundo; pero yo luchaba por no dormir.

Miraba entre las sombras como el reloj lentamente marcaba los minutos, mis ojos cada vez más pesados evidenciaban el cansancio y el stress. Cada minuto era interminable, estaba desesperado, horrorizado, no podía ni por un momento permitirme dormir. ¿Qué pasaría si lo hacía?

Me acomodé nuevamente en el sillón y miré el reloj por enésima vez, tres de la mañana y había permanecido despierto una hora más. En el silencio de la noche, el joven se movió girando su cara hacia mí, ella levemente se inclinó a su izquierda. Todos esos movimientos agitaron las flamas de las velas aún encendidas y volviendo mi mirada hacia ellas, me di cuenta que no quedaba suficiente como para pasar la noche; decidí apagar dos de las tres que había en la mesa para ahorrar.

¿Cuánto más podría permanecer así, luchando contra el sueño? Mis ojos como dos bloques de cemento y el aire se hacía más pesado comenzaban a hacerme claudicar. El olor a lodo podrido era insoportable, hasta respirar se hacía tedioso. La situación estaba totalmente en mi contra, a duras penas permanecía despierto, mi cabeza se balanceaba hacia adelante, mientras mis párpados cansados se cerraban de vez en cuando, oscureciendo todo, necesitaba pararme para vencer el sueño.

Me levanté con tan poca sutileza que al retirar la manta sobre mí, la brisa apagó la única vela sobre la mesa de centro, la oscuridad se apoderó de parte de la habitación. Mientras que las velas en el comedor sólo alcanzaban para evidenciar unas débiles siluetas a contra luz.

Mi reacción fue tal que en dos tiempos, ya tenía los fósforos en la mano para encender nuevamente las velas. Abrí la caja totalmente en pánico, los fósforos cayeron por todos lados; uno, dos, tres intentos fallidos y no conseguía que el fuego prendiera, finalmente encendí el cuarto y prendí las tres velas de la mesa.

La adrenalina estaba al máximo y mi respiración muy agitada, tanto que consiguió quitarme el sueño por largos minutos y permanecer despierto una hora más.

Al pasar las horas dos de las velas se apagaron; diez minutos después las del comedor les siguieron, sólo una solitaria llama iluminaba todo alrededor. Esa pequeña llama me mantenía despierto y luchando contra todo, mis ojos se desplomaban, mis fuerzas ya no resistían y sin darme cuenta, entre los últimos brillos de la llama frente a mí, sucumbí ante la adversidad.

De un salto volví en mis sentidos, eran cerca de las seis de la mañana. Las velas estaban totalmente apagadas y en medio de la oscuridad podía ver sus siluetas inmóviles. Mientras despertaba mi entumecido cuerpo y despejaba mi vista, lentamente se aclaraba la habitación, el olor era totalmente insoportable.

Peor que cualquier cosa que hubiera sentido antes, me tapé la nariz e intentaba respirar poco profundo; me incorporé suavemente y acercándome a ellos, fui a despertarlos, primero hablándoles, luego los moví y el horror me invadió.

Di un grito de espanto al ver que sus caras adolescentes, eran ahora dos cadáveres putrefactos en mi sillón, cubiertos de ese lodo podrido, llenos de gusanos como si hubieran estado allí por días descomponiéndose. Sus ropas estaban gastadas y malolientes, rasgadas a pedazos, apolilladas, mi estómago no soportó la impresión y vomité en el mismo lugar.

Esto me atormenta hasta el día de hoy y el olor esta impregnado en todo. Ni siquiera he sido capaz de volver a mis novelas románticas, porque esa noche también se llevó toda mi inspiración, todo mi romanticismo, ahora sólo escribo cuentos de terror como este relato...


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..°¤¤°.¸¸.¤´¯`» Freddy
D. Astorga «´¯`¤.¸¸.°¤¤°


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