jueves 12 de enero de 2012

FOTO DIURNA, FOTO NOCTURNA


FOTO DIURNA, FOTO NOCTURNA



Lentamente el líquido revelador actuaba sobre el papel fotográfico; manchas, luces y sombras aparecían paulatinamente en la hoja mojada. Un encuadre perfecto, la silueta en primer plano era clara y nítida, pero no recordaba exactamente de donde era el paisaje del fondo.

Coloqué en el líquido revelador la siguiente hoja, era el mismo centro de atención pero el fondo esta vez estaba nítido y los detalles mostraban algo de lo que no me percaté al capturar la imagen.

Había una oscura silueta escondida en medio de los arbustos y un reflejo metálico daba un brillo extraño; amplié la imagen tanto como la máquina me lo permitía, era algo totalmente insólito. La difusa figura, si estaba en lo cierto, mostraba una escena muy perturbadora.

Parecía un hombre con un cuchillo en sus manos y una mujer tendida en el suelo. Si no era así, mi imaginación estaba yendo demasiado lejos. Luego de ampliar todo el material de ese día, nada aparecía en las demás tomas.

Sólo una persona podía ayudarme en esta extraña situación, mi amigo, teniente de la división sur de homicidios de la ciudad. Le llevé la ampliación y los negativos; ellos con sus instrumentos de alta tecnología y sus años de experiencia podían dar respuesta a la incógnita.

Después de varios análisis, concluyeron que las fotografías estaban en lo correcto; se trataba de un asesinato. Sin restricción para publicarlas, no demoré en encontrar un medio que se interesara en el material y en breve las imágenes estaban en la prensa.

Se trataba de un horrible asesinato a la luz del día, era la primera imagen de una serie de asesinatos similares en la ciudad. Había tenido la fortuna de captar la horrible fotografía y pronto también yo era solicitado por los medios.

Entrevistas en radio y televisión, declaraciones a la policía cooperando en todo cuanto pudiera aportar a la investigación. El teléfono no paraba de sonar cada día y algo en mí sucedió con todo esto; me sentía privilegiado de ser quien hiciera la toma y mis fotografías artísticas ya no me satisfacían.

Una prestigiosa agencia me ofreció una considerable suma de dinero, si les conseguía fotos similares, sin duda era una excelente oferta por mi trabajo. Para eso comencé a mover mis contactos policiales, para ser el primero en escenas de asesinatos brutales y cosas similares.

Era imposible que esto fuera algo rutinario, muy por el contrario se volvió algo adictivo, mórbido y sin escrúpulos; ya nada me impactaba, era una persona inmutable y hasta indolente.

Cada día quería ver más sangre, más muertes, más cosas extrañas; de pronto todo esto era una necesidad insaciable, no podía controlar esa sed de capturar las escenas más insólitas de mi ciudad.

Esta había sido una semana difícil, por varios días no había sucedido nada y me la larga espera me desesperaba. Salí a caminar por las calles, esperando que el azar me guiara hacia algo espantoso; con cada persona que veía pasar me imaginaba una forma de muerte. Algo muy fuerte estaba creciendo en mí, algo que estaba ahogándome y no podía esperar más por salir.

Tomé mi cámara y la coloqué oculta enfocando a un asiento en el parque. Esperé por horas a que alguien en la oscuridad de la noche, se hiciera presente y se sentara en ese banquillo. Hasta que llegó ella, cabello oscuro, delgada y en tenida deportiva.

Una mujer que se toma horas de la noche para trotar despreocupada; sentada frente a mí, indefensa, con la vista hacia el suelo y cansada de correr.

Mi cámara tenía conectado el disparador remoto de alto alcance, mientras me acercaba sigilosamente hasta ella. La sujeté con mi brazo izquierdo, levantando su cabeza para evitar que gritara; en mi mano derecha empuñaba con fuerza un filoso cuchillo de caza. Cada golpe fue como una lanceta de avispa directo al corazón de mi víctima. Ella, la primera, me mostró el camino de mi perversa y sedienta mente; abrió la puerta de mi oscura ansiedad y la cara oculta mi apacible vida.

Bañado en sangre traje mi cámara para fotografiarla de cerca, mi adrenalina fluía como hacía mucho tiempo no lo sentía, era vertiginoso y excitante. Una sensación de dominio y control absoluto, era como un semidiós del parque; dominador de cada ángulo de su muerte, una tras otra las tomas quedaban guardadas. Tenía las pulsaciones a mil, mientras sostenía la ensangrentada cámara frente a mi obra maestra; era el inicio de mi liberación, era el comienzo de mi nuevo vivir.

Horas después mientras revelaba las fotos, las imágenes de la secuencia en que le di muerte a la mujer no me llenaban en absoluto. Era como ver las escenas de una película de la cual ya sabes el final. Pero las fotos de mi víctima ya muerta eran diferentes; su inmovilidad me permitió obtener las mejores fotografías de la noche.

Me sentía vivo y completo, con el poder de capturar un momento único, el instante perfecto del viaje eterno. Pero esa sensación no duraba por mucho, se desvanecía con la misma rapidez que su aliento se iba.

Unos pocos minutos de satisfacción no eran suficientes para mí. Como una adicción fuera de control, comencé a buscar formas extrañas y maneras novedosas de repetir ese momento único, irrepetible, mórbido y enfermizo.

Al principio sólo era algo que sucedía, algo que hacía para callar este llamado interno que me impulsaba. Pero me di cuenta que mi obra debía trascender, debía ser reconocida como algo único, especial y deslumbrante. Nada conocido podría ser mejor que capturar la sencillez de la muerte, ella no tenía prejuicios, miraba por igual a ricos y pobres, a jóvenes y viejos.

Mi vida se transformó en un estudio de los comportamientos humanos previos a su inesperada muerte. De día seguía a los elegidos y los fotografiaba a distancia; sus pasos, sus gestos y su rutina. Por las noches cuando volvían a sus casas, eran mi presa y mi trofeo.

La mayoría de las personas hacen lo mismo cada día, caminan por las mismas calles, van a los mismos lugares; aprenden una forma única de hacer las cosas y la repiten día tras día.

Al principio me tomaba casi una semana analizar sus movimientos, luego era cosa de un par de días. Anticipaba sus movimientos y los sorprendía dejándoles una foto de ellos en su ruta diaria.

Cuando era en los parques o plazas, les dejaba una imagen en los asientos; cuando era en calles solitarias o callejones, una foto tirada en la vereda. También al llegar a sus departamentos usaba los peldaños de las escaleras o las barandas; en los estacionamientos les dejaba una foto junto a la puerta de sus autos, siempre en el lugar más visible.

Les sorprendía tanto verse fotografiados, que no me veían caerles encima como un rayo. Esa era mi firma por la que comencé a ser reconocido; fotos del acechado en el día y fotos de la víctima por la noche.

Ya había pasado más de tres años desde mi primer asesinato y a pesar que ya me había vuelto un experto, esta noche algo no salió como lo esperaba.

Ella debía volver a su departamento en cualquier momento, pero se estaba demorando mucho más de lo habitual. La impaciencia me invadía por completo y las ansias de ver su sangre correr como río me atormentaba.

Ya había colocado la fotografía tomada el día anterior frente a su puerta, pero al ver que los minutos transcurrían regresé para sacarla y dejar todo para mañana.

Recogí su foto del suelo y al girar oí los gritos de dos policías apuntándome; era una trampa, de algún modo insospechado había sido descubierto. No tenía tiempo para pensar en cual fue mi error, sin dar pie a nada, golpeé con todas mis fuerzas la puerta de otro departamento, la cual se abrió. Corrí hacia la ventana sabiendo que estábamos en un quinto piso y no podía saltar; pero había una escalera de emergencia, así que rompí la ventana y salí hacia ella.

Intenté bajar rápidamente, pero había dos patrullas cerrando ambos lados del callejón; entonces me vi obligado a subir a la azotea. Peldaño a peldaño escapaba hasta llegar al final, después de veinte pisos interminables y afortunadamente no había nadie arriba.

Me acerqué a la orilla del edificio y sólo una construcción cercana me ofrecía una salida, pero estaba demasiado lejos. La distancia era de unos tres metros hacia el lado y un piso más abajo; era mi única salida así que había que intentarlo.

A lo lejos escuchaba las voces de mis perseguidores, me armé de valor, tomé suficiente vuelo y salté hacia el otro lado. Mis piernas golpearon fuertemente contra el muro y me agarré como pude de la cornisa; la mitad de mi cuerpo estaba colgando y mis manos apenas me sostenían.

La adrenalina estaba corriendo a mil por mis venas y me dio fuerzas para subir nuevamente al techo. Abrí la puerta de servicio que daba a las escaleras internas del pasillo y bajé nuevamente llegando sin problemas hasta el cuarto piso.

Al girar sentí un grito opacado por un disparo y el metal golpeando mi cuerpo. Segundos después rodaba escaleras abajo sin poder detenerme, con mi cámara apegada a mi cuerpo y cayendo cada vez más rápido.

No sentía dolor, pero veía la sangre brotar abundantemente de mi pecho. Si este era mi final quería ser capaz de fotografiar mi propia muerte.

Prendí la cámara y la programé para hacer una toma a diez segundos; por un instante pensé en los titulares en la prensa de mañana y mientras mi mente se llenaba de imágenes que nunca vería publicadas, sentí el sonido lejano del disparador y la luz del flash que se despedía de mí.



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..°¤¤°.¸¸.¤´¯`» Freddy
D. Astorga «´¯`¤.¸¸.°¤¤°


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